Monday, July 27, 2026

Los Monstruos del Exilio Interno

 




Los Monstruos del Exilio Interno
Belgrano, Buenos Aires, año 1982.
Tengo apenas seis años y apenas sé deletrear. No entiendo del todo por qué tuvimos que dejar Córdoba a las apuradas, ni por qué nos escondemos en este departamento porteño que no es el nuestro. Para un chico de mi edad, las palabras "dictadura" o "persecución" no cobraron un real significado hasta ese momento, pero el miedo se sentía en el aire desde hacía unos años, cuando la militancia de mi viejo hizo que todo cambiara en nuestra vida diaria. Había un peligro latente que, aunque no lo entendía del todo, convivía con nosotros, aunque muchas veces lo disimuláramos adoptando a esos compañeros del PST como "tíos postizos" con nombres ficticios para no levantar sospechas ante un toque de queda. Todo parecía un juego, pero no lo era. Se respiraba en los susurros de mis viejos, en esa mudanza apresurada de noche, casi huyendo, y en el posterior arribo a la gran urbe que es Buenos Aires, que era como estar en un mundo surreal para un pibe nacido en la tranquila Córdoba de mediados de los 70. Para mí, la compañera de militancia de mi papá es simplemente "La Muñi", y los desconocidos que nos abren sus puertas son "tíos adoptivos", parte de un teatro necesario para sobrevivir en la clandestinidad.
Un año atrás, una de esas tantas conexiones secretas de "La Muñi" me había llevado a conocer a un pintor clásico. En su taller, rodeado de óleos y olor a trementina, descubrí un universo que me fascinó para siempre: los monstruos clásicos. Quedé hipnotizado por las miradas trágicas de Drácula, Frankenstein y el Hombre Lobo. Eran criaturas aterradoras, sí, pero también seres incomprendidos que huían de un mundo que los perseguía.
Quizás por eso me aferré tanto a Hulk y a Batman. En mi cabeza de niño, ellos eran mis héroes porque entendían lo que era vivir en las sombras, ocultando una identidad para protegerse. Sentía una conexión profunda, casi dolorosa, con David Banner. Me entristecía profundamente lo que le pasaba; esa fatalidad de vivir huyendo, cargando su bolso por la banquina de la ruta mientras sonaba el piano melancólico de The Lonely Man. Esa soledad del final de la serie era, en secreto, un espejo de la mía.
Hoy, refugiado en este apretado departamento de Belgrano, encontré un oasis en una mesa de saldos. Hay una revista de Don Miki que puedo leer bastante bien porque tiene letras claras e imprentas. Pero al lado hay un cómic de Batman de la Editorial Novaro que me cuesta un Perú. Las letras están apretadas, escritas a mano con modismos mexicanos extraños que no terminan de salirme de corrido. Pero no me importa. No necesito leer las palabras porque los dibujos me hablan directamente.
Me subo a la cama paraguaya de Jorge y, balanceándome en ese rincón prestado, abro el cómic. Me encuentro con los lápices hiperrealistas de un artista que años más tarde sabré que se llama Neal Adams. En las páginas centrales, un hombre común sufre una transformación espantosa y dolorosa en un laboratorio oscuro. Veo cómo se toma la cabeza, cómo sus facciones se deforman, cómo el pelo rústico le brota por el cuerpo y la ropa se le rasga bajo la luz de la luna llena.
Todavía no conozco al personaje de Man-Bat; durante un tiempo até cabos y decía que podía ser él, ¡pero no! Es el mismo Hombre Lobo salido en un número de Batman de 1974 dibujado por Neal Adams. Me voló la peluca: era una escena cruda, terrorífica, nada que ver con las edulcoradas animaciones que veía en la tele. Así que mi mente, alimentada por los cuadros que vi en Córdoba, une los puntos de inmediato. Es el Hombre Lobo, me digo, maravillado y asustado a la vez. No sé qué hace Batman persiguiendo a un licántropo en un techo lluvioso, pero la fuerza de ese dibujo, con sus sombras dramáticas que parecen pinturas al óleo, me rescata por un rato de la realidad.
Yo ya conocía a Batman. Lo veía en los dibujos de los Superamigos y pasaba horas raspando con una lapicera aquellos famosos Kalkitos, pegando las figuras transferibles sobre el escenario de cartón de la Baticueva. Mi imaginación tejía historias constantemente, volaba. Creo que en esos días exactos, colgado de la cama paraguaya de Jorge, nació mi fascinación e identificación con esos dos personajes en particular y por los monstruos clásicos. Primero fue el miedo; después, la fascinación y una curiosidad indomable.
Afuera, la Argentina vive sus días más oscuros y mi familia simula una vida que no es la suya para salvarse. Pero acá adentro, tratando de comprender y descifrar esas poderosas imágenes de Neal Adams, soy solo un chico. Por unas horas, el embole del encierro y el miedo se disipan. Le debo muchísimo a esos personajes. Por ellos entré al mundo de la historieta de superhéroes y, gracias a Miki, al de los clásicos de Disney, que junto con las historietas del Gordo y el Flaco (Laurel & Hardy) o las del payaso Bozo, me tendieron una mano para cruzar ese momento tan crudo.
El arte, la imaginación, el dibujo y la historieta, por sobre todo, me salvaron.

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